Por Luis RICO CHAVEZ

Hay lecturas que, más que una historia, un recuerdo o la evocación de un suceso vivido, nos dejan en el ánimo una intensa emoción, un estado anímico difícil de borrar (entre paréntesis, esto suena a la esencia de la poesía en estado puro). Hace veinte años leí Las llaves de Urgell, de Carlos Montemayor, y la emoción de la lectura aún la conservo. ¿Qué historias incluye el libro? Ya lo olvidé, claro, pero el resabio que dejó en mi ánimo perdura.
Como toda emoción, comunicarla con palabras se convierte en una tarea de difícil resolución. Tiene que ver con las circunstancias de la época; no sólo el comienzo de la década de los noventa (dos años de padecer la voracidad salinista, de haber sufrido la mediocridad delamadridista y, en Jalisco, al inefable Cosío…), sino el hecho de que yo me encontraba al final de la carrera de letras y penaba por mi trabajo nocturno como corrector. México se me revelaba en una dimensión inimaginable: apenas pasada la frontera de la adolescencia, el egoísmo, la mediocridad y la mezquindad de mis vecinos adquiría una presencia física que me hubiera amargado la existencia de no haberse erigido el muro de la literatura, que nos permite aceptar con simpatía (casi) toda miseria humana.
Pero la literatura no se convirtió ni en una defensa ni en un refugio: se volvió una manera de conocer, de analizar y reinventar la vida y sus emociones. Sobre todo esta forma de ficcionalizar (poetizar) los tropiezos y sinsabores cotidianos me condujo inevitablemente a admirar el arte de narrar, a la manera de las fascinantes historias de Scherezada. Más que la historia, importa el narrador: el público seducido por la fuerza de la palabra, el escucha inmerso en un mundo imaginario que adquiere una consistencia más sólida y tangible que el de la sórdida realidad.
Eso fue para mí, entonces, Las llaves de Urgell: un viaje a un mundo lejano, nebuloso, de personajes etéreos, mundo y personajes que se materializaban con el hechizo de la poesía. Un viaje de ida y vuelta: la literatura como verdad innegable, vivible.
En esa misma vorágine que me mueve siempre como pelele entre la realidad y la ficción descubrí a Lucio Cabañas Barrientos, y en mi inagotable curiosidad por entender lo que define nuestra esencia encontré un libro mediocre que me dejó un mal sabor en el ánimo, que no pude eliminar hasta que encontré el sucedáneo que me diera el remedio: Guerra en el paraíso.
Desde las primeras palabras —para mí éste se convirtió en uno de esos textos que no se pueden soltar hasta llegar al punto final— me remonté de nuevo al laberinto que, por tortuosos e insospechados caminos, nos lleva primero a la ficción, después a la realidad para regresarnos de nuevo al punto de partida (la ficción) en un tránsito ininterrumpido entre uno y otro extremo, creado por la magia de la palabra, de la poesía. Qué diré, libro testimonial, periodístico, de investigación… No lo sé: de nuevo la evocación del estado anímico —afiebrado, diría— que provoca la lectura carece de palabras para concretarse en conceptos precisos. La realidad sólo vale la pena evocarse cuando puede encerrarse en páginas que después serán vivificadas por el lector.
Y en fecha reciente (bueno, más o menos reciente, en el 2006) recibí una llamada de una fuente que yo creía confiable: “C. M. ganó el Premio FIL de Literatura”. Añadió que la C. era la inicial de Carlos, y me preguntó si había leído algo de Carlos Montemayor. Le reseñé en veinte palabras lo que he dicho hasta ahora. “Perfecto”, me dijo complacido: “Quiero que escribas algo para incluirlo en el libro conmemorativo”. Para completar el artículo decidí sumergirme en Abril y otras estaciones (paso, como se ve, de lo que la tradición reconoce como narrativa para sumergirme en la poesía).
Claro, ese C. M. resultó ser Carlos Monsiváis y las notas se quedaron en el tintero. ¿Pero qué acaso Carlos Montemayor no habría merecido este reconocimiento? Repaso pues la notas para cerrar este apunte y parece que sólo le doy vueltas a la misma idea: un eterno retorno entre la realidad y la palabra que la inventa. Nada más que ahora descubro que subrayo la inevitabilidad de lo cotidiano, cómo esa dimensión de la existencia se transforma en un todo que apabulla hasta el rincón más pequeño de la memoria. Y me llama la atención que, en el primer libro, Las armas del viento, este elemento se convierta en el símbolo del poeta: el viento como una presencia invisible, que se cuela por todos los resquicios de la existencia, que llega incluso a aquellos sitios en los que el pudor, el miedo, el odio o la indiferencia nos impiden mirar. Y ésta, sin duda, es la esencia de la poesía, de la literatura: nos muestra aquello que no nos atrevemos a mirar, a conocer y reconocer. Y es, me parece, la esencia de la obra de Carlos Montemayor.